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domingo, 22 de julio de 2012

Este es mi oficio

Me tenía sin cuidado lo que iba a ser de mí. Yo mantenía a mi modo, tan singular como poco atractivo -con la borrachera y el juego-, mi lucha contra el Mundo. Era mi manera de protestar. Pero con ella me aniquilaba, y dándome cuenta planteaba a veces la cuestión en los siguientes términos: 'Si el Mundo no podía utilizar a los hombres como yo, si no tenía para ellos ningún puesto mejor ni podía encomendarles una labor más alta, no había para nosotros más camino que el aniquilamiento. Peor para el Mundo'.

~

Muchas veces había jugado con imágenes del futuro y había ensoñado los destinos que me estaban reservados, como poeta quizá o quizá como profeta, como pintor o como quién sabe qué. Y todo esto era equivocado. Ya no existía para hacer versos, para predicar o para pintar. Ni yo ni ningún otro hombre existíamos para eso. Todo ello era secundario. El verdadero oficio de cada uno era tan sólo llegar a sí mismo.

Luego podía terminar en poeta o en loco, en profeta o en criminal. Eso no era cosa suya y, además, en último término, carecía de todo alcance. Su misión era encontrar su destino propio, no uno cualquiera, y vivirlo por entero, hasta el final. Toda otra cosa era quedarse a mitad del camino, era retroceder a refugiarse en el ideal de la colectividad, era adaptación y miedo a la propina individualidad interior. Esta nueva imagen se alzó ya claramente ante mí, terrible y sagrada, mil veces vislumbradas, quizá expresada ya alguna vez; pero sólo ahora vivida. Yo era un impulso de la Naturaleza, un impulso hacia lo incierto, quizá hacia lo nuevo, quizá hacia nada, y mi oficio era tan sólo dejar actuar este impulso, nacido en las profundidades primordiales, sentir en mí su voluntad y hacerlo mío por entero. Esto, y sólo esto, era mi oficio.

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Fragmentos de Demian, de Herman Hesse

domingo, 8 de julio de 2012

Ser inaccesible - Manual del cazador

- Jamás he usado a nadie -dije sinceramente.
Pero don Juan mantuvo que sí, y quizá por eso pude declarar sin tapujos que la gente me cansaba y me aburría.
- Ponerse fuera del alcance significa que evitas, a propósito, agotarte a ti mismo y a los otros -prosiguió él-. Significa que no estás hambriento y desesperado, como el pobre hijo de puta que siente que no volverá a comer y devora toda la comida que puede, ¡todas las cinco perdices!
Definitivamente, don Juan golpeaba debajo del cinturón. Reí y eso pareció complacerlo. Tocó levemente mi espalda.
- Un cazador sabe que atraerá caza a sus trampas una y otra vez, así que no se preocupa. Preocuparse es ponerse al alcance, sin quererlo. Y una vez que te preocupas, te agarras a cualquier cosa por desesperación; y una vez que te aferras, forzosamente te agotas, o agotas a la cosa o la persona de la que estás agarrado.
Le dije que en mi vida cotidiana la inaccesibilidad era inconcebible. Me refería a que, para funcionar, yo tenía que estar al alcance de todo lo que tuviera algo que ver conmigo.
- Ya te dije que ser inaccesible no significa esconderse ni andar con secretos -dijo él calmadamente-. Tampoco significa que no puedas tratar con la gente. Un cazador usa su mundo lo menos posible y con ternura, sin importar que el mundo sean cosas o plantas, o animales, o personas o poder. Un cazador tiene trato íntimo con su mundo, y sin embargo es inaccesible para ese mismo mundo.
- Eso es una contradicción -dijo-. No puede ser inaccesible si está allí en su mundo, hora tras hora, día tras día.
- No entendiste -dijo don Juan con impaciencia-. Es inaccesible porque no exprime ni deforma su mundo. Lo toca levemente, se queda cuanto necesita quedarse, y luego se aleja raudo, casi sin dejar señal alguna.

Capítulo VII. Ser inaccesible
Viaje a Ixtlan, Carlos Castaneda -la tercera parte de las enseñanzas de don Juan. 

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Mujeres, Bukowski

Este libro se estipula uno de los más biográficos de Bukowski. Al contrario de lo que pueda sugerir su evocador nombre (y portada de la edición que yo tengo, en añadido), no está escrito desde un enfoque especialmente erótico o filosófico-trascendental (de momento he encontrado poca miga existencialista). Está escrito con las manos curtidas de un cincuentón borracho que tiene -aún a sus años- problemas para relacionarse con el sexo opuesto.

A grandes rasgos, podría decirse que Bukowski, bajo la máscara de ficción del escritor Henry Chinaski, se limita a poner por escrito sus -inesperadamente- abundantes relaciones sexuales, sugiriendo de vez en cuando una segunda lectura los actos que se suceden.

Es por todo ello por lo que decidirme por algún fragmento me ha llevado un tiempo, y de hecho ha habido un momento en el que he dejado de pensar que iba a subir un trocito porque demasiadas partes me parecían buenas. Finalmente me he quedado con este par de escenas -que paso de contextualizar, así vuestra imaginación se vuelve algo más participativa (y espero que vuestros comentarios mucho más visibles para mi persona, LECTORÍSIMOS MÍOS!).

Al grano ---> .

~

Finalmente me dormí. Cuando me desperté por la mañana, Katherine estaba sentada en el borde de la cama cepillándose toda aquella extensión de cabello marrón rojizo. Sus grandes ojos oscuros me observaron al despertarme.
- Katherine -dije-. ¿Te quieres casar conmigo?
- No, por favor -dijo ella-. No me gustan esas cosas.
- Lo digo en serio.
- ¡Oh, mierda, Hank!
[...]
- ¿Hank?
- ¿Sí?
Miré a Katherine. Ella seguía cepillándose el pelo. Sus grandes ojos oscuros me miraron, estaba sonriendo. Dijo:
- ¡Es solamente sexo, Hank, solamente sexo!
Entonces se rió a carcajadas. No era una risa sardónica, sino feliz. Se cepillaba el pelo y yo puse mi brazo alrededor de su cintura y dejé descansar mi cabeza sobre su pierna. No estaba bastante seguro de nada.


~

[...]
Las relaciones humanas eran extrañas. Quiero decir que pasabas un tiempo con una persona, comiendo, durmiendo y viviendo con ella, amándola, hablando con ella, yendo a los sitios juntos y, de repente, todo cesaba. Luego había un corto período de tiempo durante el cual no estabas con nadie, pero entonces otra mujer aparecía y tú comías con ella y jodían con ella y todo parecía tan normal como si hubiese estado esperándote a ti. A mí nunca me parecía bien estar solo, algunas veces no me sentía mal, pero nunca me parecía bien.

~

Y eso es todo, amigos. Si queréis más seguro que contáis con alguna librería cerca. O con la biblioteca de la facultad, que creo que lo tiene entre sus títulos.

Mujeres. El otro día mientras estaba recostada en el pecho de un chico pensé en hacer recopilación desde una perspectiva parecida a esta. Hombres, de Alicia García. ¿Te apetecería un pequeño aperitivo, querido?

sábado, 5 de diciembre de 2009

Fanny Hill, John Clealand (1750)

Señora mía:
[...]
Como odio cualquier prefacio largo e inútil, os daré cuartel en cuanto a esto y sin más disculpas os prepararé a ver la parte disoluta de mi vida, escrita con la misma libertad con la que la llevé.

~

Así empieza Fanny Hill, un libro que a mediados del XVIII casi le cuesta la cárcel a su autor, John Clealand, ya que fue juzgada como novela licenciosa, juju.

Tengo ganas de empezarla, sí -igualmente si alguien se adelanta y me dice con mayor criterio si merece o no la pena no me enfado.

PD: por lo general no muerdo si me comentáis, esquerosos! que sé que estáis ahí, las visitas os delatan, ñaaa!

sábado, 15 de noviembre de 2008

Tokio Blues, Haruki Murakami (II)

Por la tarde volví a la habitación, leí un libro y, cuando ya no pude concentrarme en la lectura, me quedé mirando el techo pensando en Midori. Me pregunté si su padre realmente me había pedido que cuidara de ella. Quizá me había confundido con otra persona. En todo caso, había muerto un viernes por la mañana en que caía una lluvía fría, y ahora era imposible descubrir la verdad. Imaginé que el hombre antes de morir se había encoigdo todavía más. Y luego, en el crematorio, su cuerpo había ardido y no habían quedado de él más que cenizas. ¿Qué dejaba atrás? Una triste librería en un triste barrio comercial y dos hijas de las cuales al menos una era un poco excéntrica.. <<¿Qué tipo de vida era esa?>>, pensé. ¿Qué debía de estar rumiando su cabeza abierta y consuda, en el lecho del hospital, cuando me miraba? Pensando estas cosas del padre de Midori, me entristecí tanto que descolgué la ropa de la azotea antes de que se secara del todo, me fui a Shinjuku y deambulé por el barrio para matar el tiempo. Las calles atestadas en domingo me sosegaron. Compré Luz de agosto, de Faulkner, en la librería Kinokuniya, llena como un tren en hora punta, entré en el jazz café más ruidoso que encontré y escuché a Ornette Coleman y Bud Powell mientras tomaba una taza de café amargo y leía el libro que acababa de comprar. A las cinco y media cerré el libro, salí a la calle, tomé una cena ligera. <<¿Cuántas decenas, no, centenares de domingos como éste me quedan por vivir?>>, me pregunté. <>, dije en voz alta. Los domingos no me doy cuerda.

~0~

Yo no quiero tardes de domingo

~0~

Sé que realmente este texto pega más mañana por la mañana, cuando, no sin esfuerzo, abramos los párpados a un nuevo día, al domingo. Nos quejamos tanto del pobre domingo, día de descanso incluso para el señor...; porque no es que nos hastíe tanto el no hacer nada, dejar que las arenas del reloj se jacten de nuestra pasividad entre telarañas. No, no es la apatía, la desgana, la desidia, la inercia..., todo ese lastre de palabras que per se te engullen en su hálito de pasividad dominguera. Lo que realmente nos saca de quicio de los domingos es que no están ideados para hacer nada en concreto, no son sino un preámbulo ante la celeridad pasmosa de la rutina que comienza al día siguiente -ese más que aborrecible lunes, que le gana en el ránking de días deshechables. Y parece que para compensar toda la actividad que tendrá al cabo durante la semana, los domingos están para eso, para no darnos cuerda, para no hacer nada.


~0~

A propósito del libro. Altamente recomendable.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Tokio Blues, Haruki Murakami

[...]
A mí no me gustaba demasiado acostarme con desconocidas. Era una forma cómoda de satisfacer el deseo sexual y, además, disfrutaba abrazando a una chica, acariciándola. Lo que odiaba era la mañana siguiente. Al despertarme,encontraba a una desconocida durmiendo a mi lado, con la habitación apestando a alcohol y la nota chillona característica de los love hotels sobre la cama, en las lamparitas, en las cortinas, en todas partes, y sentía la cabeza embotada por la resaca. Al rato, la chica se despertaba y buscaba la ropa interior por la habitación. Luego, mientras se ponía las medias, decía: <<¿Tomaste preucaciones? Porque estaba en el día del mes más peligroso...>>. Después se dirigía al espejo y, rezongando que le dolía la cabeza embotada o que el maquillaje no lo arreglaba aquella mañana, se pintaba los labios y se ponía las pestañas postizas. Lo odiaba. Hubiese preferido no quedarme hasta la mañan siguiente, pero no podía cortejar a una chica pensaba que cerraban la residencia a las doce de la noche (era humanamente imposible), así que pedía permiso para pernoctar fuera. Y entonces tenía que quedarme en el hotel hasta la mañana siguiente y volvía a la residencia lleno de odio hacia mi mismo, odio y desilusión, cegado por la luz de la mañana, con la boca áspera, como si la cabeza perteneciera a otra persona.
[...]


Una novela muy en el tono japonés de la superficialidad de las relaciones. Y no era cosa mía al decir que me recordaba a El guardían entre el centeno, al chico protagonista se lo dice otro personaje. Y me está gustando más, no hay "jos" de por medio, pero si una vacuidad y una tristeza ahogantes. Hay que tener cuidado leyéndolo, a mí me altera el ánimo, aunque por esa misma capacidad de transmisión es una lectura altamente recomendada.

martes, 16 de septiembre de 2008

Vida de Pi, Yann Martel

Transcripción de texto: fragmento del capítulo 17, Vida de Pi, Yann Martel

Los católicos son harto conocidos por su severidad, por su dureza a la hora de juzgar. Mi experiencia con el padre Martin fue muy diferente. Se mostró muy atento conmigo. Me sirvió té y galletas en un juego de té que tintineaba y vibraba con solo tocar las piezas. Me trató como un adulto y me contó una historia [...]

Y vaya historia. Si me atrajo fue porque no daba crédito a mis oídos. ¿Cómo? ¿Que la humanidad peca y quien lo paga es el hijo de Dios? Intenté imaginarme a mi padre diciéndome:

- Piscine, ayer un león se coló en el recinto de las llamas y mató a dos de ellas. Ayer otro león acabó con un ciervo negro. La semana pasada otros dos se comieron un camello. La semana anterior les tocó a los tántalos indios y las garzas. Esto no puede seguir así. Hay que tomar medidas. Así que he pensado que la única manera de expiar los pecados de los leones es que te coman a ti.

- Sí, papá. Eso sería lo correcto y lo lógico. Espera que acabe de lavarme las manos.

- Aleluya, hijo.

- Aleluja, padre.

viernes, 28 de marzo de 2008

¿Qué es el sexo?

Por Julia


- ¿Qué es el sexo?
- ¿El sexo? Es como una banana.
- ¿Qué gusto tiene?
- Más o menos salado.
- No son saladas las bananas.
- Ah, ¡pero no es una fruta el sexo!
- ¿Qué es, entonces?
- Sirve para hacer a los nenes.
- ¿Los nenes son puré de banana?
- ¡No dije eso! Hay un agujero chiquito en la punta de la banana, y es por ahí que salen los nenes.
- ¡Son muy chiquitos entonces!
- Oh, sí, ¿como no?
- Y yo, ¿porqué no tengo una banana?
- Las nenas no tienen banana. Hay que nacer con una.
- Puedo colgarme una.
- A ver, Liliana, ¡no vas a colgarte una banana! ¡Esas son cosas de lesbiana!
- Pero entonces, si no soy una lesbiana, ¿porqué será que no tengo una banana?
- ¡Qué hinchapelotas! ¿Es que yo tengo una banana?
- Mostrame.
- ¿Querés echar un vistazo?
- ¡Tenés una banana!
- No, ¡no tengo!
- Entonces, mostrame.
- ("¿Después de todo, porqué no? Si los muestran de una forma peor en la escuela..." Se levanta la pollera) Mirá.
- Tenés un agujero grande vos.
- ¡A la fuerza es grande! Es de ahí por donde saliste.
- ¿Por ahi? ¡Me habías dicho que había salido de una banana!
- ¡Habías salido al principio de una banana!
- ¿Y vos pensas que yo me voy a creer eso? ¡Antes me habías dicho que había nacido de un repollo!
- Pero eso es lo que se les cuenta a los chicos chiquitos.
- ¿Porqué es que se les cuenta eso a los chicos chiquitos?
- No sé. Es más poético.
- ¿Porqué el repollo es más poético que la banana?
- ¿Porque no preguntás todo esto en la escuela? Estoy segura de que en tu escuela dan una clase de poesia. ¡No soy "La Fontaine"!
- ¡A mí no me importa la poesia! ¡Yo quiero tener una banana!
- ("Qué vida, señor...") Escucha Liliana, hay que ser paciente. ¡Cuando seas grande vas a tener la de tu marido!
- ¿Porqué él me daría su banana?
- ¡No te la va a dar!
- ¿Me la va a prestar nomás?
- Justamente, te la va a prestar. Y ahora andá a jugar.

(La nena sale y vuelve a entrar.)
- ¿Voy a poder jugar con su banana?
- ¡Ciertamente no! ¿Vas a parar de hablar de bananas? ¿No te enseñan a ser educada en la escuela? ¿Vas a parar de decir chanchadas? ¡Te voy a mandar con la monjas junto con tu prima Fernanda! ("¡la pequeña peste!")

La nena sale y se encuentra con un grupo de amigas que la esperan afuera.
- Amigas: ¿Y? ¿Qué te dijo?
- Nena: Nada.
- Amigas: ¿Nada de nada?
- Nena: Oh, sí... Me dijo que los repollos son poéticos y que las bananas son chanchas.


Seguramente ya lo sabíais

martes, 4 de marzo de 2008

Mercado de Espejismos

De Felipe Benítez Reyes.
Lo empecé hace mucho y aún no lo he terminado, pero me quiero poner a ello.
Un fragmento.


Mi matrimonio fue, en resumidas cuentas, algo más que un fracaso concreto: fue, sobretodo, una decepción abstracta. Una decepción, para empezar, de mí mismo: en las arenas movedizas de mi corazón se caían a plomo las quimeras que intentaba levantar. (El corazón, fuente principal de la penitencia humana, según el ya mencionado Jacob Boehme.)
[…] Perdí el valor, en definitiva, para arriesgarme en las apuestas del sentimiento, supongo que por la misma razón por la que alguien que sobrevive a una caída desde diez metros de altura no se queda con ganas de exponerse a otra caída, aunque sea desde tres metros. “Vente conmigo al país de las hadas”, y contestas: “Gracias, pero de momento estoy estupendamente en mi país de gente que habla sola”.)
[…] Una vez al trimestre, más o menos, entro allí
(el Club Pink 2, que suena a lo que es) con un ansia borrosa y salgo con una melancolía difusa, como quien accede a un palacio refulgente por el portón de los reyes y sale por la puerta de servicio al callejón meado por los gatos. Es mi dosis de sexo teatral, digamos; mi tributo amargo al instinto: “Veneno sin dolor de falso amor”, según cantó un barroco. (“Pobre hombre”, pensarán tal vez ustedes. Pero no, no se crean: coloquen su subconsciente delante de un espejo y luego me cuentan lo que han visto.)
[…] A veces –lo reconozco-, pienso en el amor verdadero como quien piensa en el mito de Eldorado o en la leyenda del unicornio: un algo envuelto en bruma, una fantasía cálida de la razón. Y algo inconcretable se reanima entonces dentro de mí por un instante, un sueño rápido que hace sonreír al durmiente. Pero me hago cargo de que ta no es momento de nada: si tienes casi sesenta años y estás descontento con tu vida, no tiene mucho sentido el plantearte un cambio de vida. El planteamiento es ya otro, más sencillo: ¿merece la pena seguir viviendo o no? (Y lo curioso es que viene a dar lo mismo una opción que otra.)
[…] Pero dejemos a un lado las escabrosidades colaterales y sigamos con el asunto que nos ocupa. […]

13'99 €

Saludos personas y personos!
El puente he estado ausente porque estuve en Roma -una casualidad de última hora corroborada por la temporada baja. Y, bueno, huelga decir que es una ciudad impresionante, no sólo porque se conserven edificios de cerca de 2 milenios de antigüedad, sino por la magnitud de estos y la importancia que tuvieron en su día (viendo el Vaticano uno confirma que en la Edad Media nadie cuestionara la existencia de Dios).
Y eso. Os voy a poner un par de textos de 13'99 €, de Frédéric Beigbeder, creativo publicista un poco ido que decide en este libro airear los trapos sucios de la publicidad para que le despidan de su agencia -bajo una autobiografía con falsos nombres.

[...] Al fin y al cabo, la libertad sólo es un mal momento por el que hay que pasar. Aquella noche decidiste regresar al Bar Bitúrico, tu lupanar favorito. Se supone que los prostíbulos están prohibidos en Francia; sin embargo, sólo en París, hay más de cincuenta. Allí, cuando entras, todas las chicas te adoran. Tienen dos grandes virtudes:
1) Son hermosas
2) No te pertenece [...]
Las mujeres de la vida te cuestan caras para que puedas ahorrarte a tu mismo. Eres demasiado cómodo para arriesgarte a enamorarte de nuevo, con todo lo que ello conlleva: palpitaciones, emociones fuertes, decepción repentina, Cumbres borrascosas. Para ti no existe nada más romántico que ir de putas. Sólo los seres realmente sensibles necesitan pagar para no arriesgarse a sufrir. [...]

[...] Sophie te dijo adiós como te habría dicho buenos días.
Comes solo.
Antes tenías demasiados amigos y ahora no tienes ninguno.
Eso significa que nunca los tuviste.
Bebes, tu chaqueta apesta a raclette.
Es divertido.
"Déjame dejarte, deja que me marche, déjame convertirme en un joven gilipollas", le dijiste.
Sales sin ponerte las gafas para no ver nada más allá de un metro.
La miopía es tu primer lujo. Todo está maravillosamente desenfocado, como en un videoclip.
Todo es superficial.
Pórtate bien.
Estás en punta de la sociedad de consumo y en la cima de la sociedad de comunicación. [...]


[...] En Francia tienen lugar 12.000 suicidios anuales, lo que representa más de un suicidio por hora durante todo el año. [...]
Cada mañana consultas cuatro tipos de mensajería: el contestador automático de tu domicilio, el de tu despacho, el buzón de voz de tu teléfono móvil y los e-mails de tu iMac. Sólo el buzón de tu casa permanece desesperadamente vacío. Ya no recibes cartas de amor. No recibirás nunca más hojas de papel cubiertas de una tímida caligrafía e impregnadas de lágrimas y perfumadas de amor y dobladas con emoción, con la dirección cuidadosamente copiada en el sobre, como una imprecación para el cartero: "No te pierdas por el camino, oh cartero, lleva esta importante misiva a su tan deseado destino..." La gente se mata porque ya solo recibe correo comercial. [...]

jueves, 31 de enero de 2008

Wosder Amfiprostatik

Recupero del pasado un escrito que me mandó Maguas (/melanium) en parodia de los mensajes en cadena de los niños que tienen alguna enfermedad por la que se recoge dinero. Gran personaje, señor Mägüas!


Hola, escribo para contaros el caso de Wosder Amfiprostatik, un niño que lleva 12 años viviendo en un infierno.

Cuando nació, su mamá implosionó porque su placenta había formado un agujero negro por la saturación de nutrientes a causa de su dieta densa (quesitos, aceite de motor y detergente). Todos los médicos fueron absorbidos a excepción del pobre Wosder. Desde su más tierna infancia tuvo que vivir con su padre Wilkrindforngr Powels, un cura proxeneta y disléxico que usaba el cordón umbilical plastificado de Wosder como cucharilla de postre. Su padre lo sometió a experimentos transgénicos humillantes. En una ocasión sustituyó su brazo izquierdo por una ración de sepia. Los niños de la escuela se burlaron de él y le arrojaban bolígrafos afilados y cabezas de muñeca nancy nucleares.

El pobre pobre Wosder se iba solo y desamparado a marginarse a sitios oscuros, donde le violaban y le obligaban a prostituirse para poder comprar cajas de cartón dentro de las que aislarse. Un día, un doctor vio que Wosder tenía el ano anormalmente grande, así que llamó a su esclavo sadosexual, que era arquitecto, para que se inspirara para construir un túnel que atravesara toda su lavadora.

Desde que su padre se asesinó a sí mismo con un cuaderno afilado, Wosder está más solo que nunca. Por eso requiere tu ayuda.

Envía este mensaje a 9076893434 personas en 2 segundos y verás cómo el espíritu de Wosder te trae la felicidad y la armonía. Este mensaje ya ha dado 3 vueltas al mundo (fue un poco coñazo imprimirlo y mover las manos alrededor de mi bola del mundo, pero todo sea por la causa).

No falles a Wosder o tus genitales se volverán magnéticos cuando haya clavos cerca.