miércoles, 22 de febrero de 2012

Por qué ahora

Esta mañana me he depilado, me he puesto un conjunto mono e iba por la calle con Rage against the Machine sonando fuerte entre mis sienes, como que el mundo era mío y eso era ley de vida. Feeling like a boss.

Creo que la gente lo ha notado. Algún que otro chico (y no tan chico) se me ha quedado mirando, y sí, ayuda a subir la moral.

Pero esta tarde, después de comer y echar la siesta, estaba un poco más calmada. Salí con intención de ir a mi primera fiesta del día, a las 5 de la tarde en el centro, de bienvenida a los Erasmus de este segundos cuatrimestre -ya que después toca cena a las 8:30 con la galera de malucos del viaje por Europa y después 'cata de vinos' (de entre 2 a 4€) en casa de otros amigos.

Como digo, me sentía animada pero ya no tanto. Estaba un poco estresada porque acababa de hacer la maleta de un viaje familiar para el que salgo mañana, y pensando que iba tarde cuando se me cruza este hombre por la calle.

Malas pintas, sí, pero no más allá de la media. El caso es que comienza a seguir mis pasos, que por otra parte eran los apresurados propios del retraso. Lo escucho murmurar algo pero no le presto más atención. Es una calle que va al centro y está transitada, aunque igual me paso para la acera que tiene más gente.

El momento de tensión llega cuando decido, para probar que no es producto de mi paranoia, aminorar el paso tomando a un adolescente que iba delante mía como patrón. Entonces él se coloca a mi lado, murmurando cosas que no conseguí comprender, y mirándome muy fijo.

El agobio es tal que decido entrar en la primera tienda que veo, lencería para señoras de tallas especiales y pijamas horrendos. De maravilla, ahí no puede entrar. Hago como que ojeo un par de trapos, al final de la tienda, con el corazón aún en la boca. Desde un espejo que refleja la entrada veo que se ha parado en el escaparate y mira hacia dentro. Disimulo otro rato y cuando me vuelvo directamente a la puerta sigue ahí, observando. Mantiene la mirada un interminable segundo y se pierde de vista.

En ese instante la dependiente de la tienda se me acerca y, siguiendo la pauta, pregunta si puede ayudarme en algo. Me quiebro. Le explico como puedo en mi portugués balbuceante y respirar entrecortado lo que me ha pasado. Me dice que no me preocupe, que vuelva al fondo de la tienda y me quede allí un rato; me ofrece un caramelo para que me tranquilice.

La ansiedad y la llorera se van un poco después de que pueda volver a respirar normal. Una señora que andaba comprando pregunta a la dependienta qué pasa. Ésta confirma que se ha fijado en un hombre de negro que había en el escaparate y sale para cerciorarse de que no anda cerca.

Después de un rato he vuelto a casa, con la señora y sus hijas con las que compraba que han compartido la mitad de mi camino.

Cada vez se escuchan historias más descabelladas que pasan en esta ciudad. La última que escuché fue sobre otro chico Erasmus que, estando en muletas, le atracaron a punta de navaja y le quitaron la tarjeta de crédito. Las escuchas pero nunca esperas que te pasen a ti. Y aunque no haya pasado nada y evidentemente la cosa podría haber ido mucho peor, te dejan el cuerpo cortado.

Después de contarlo a mis compañeras de piso y hablar por teléfono con mi madre me he quedado mucho más relajada. Pero, es evidente, la experiencia sigue vívida y la mente exaltada. Estoy en jaque: no quiero salir sola por si pasa algo de nuevo; no quiero quedarme dentro por negarme en rotundo a dejar de hacer vida normal. La solución, quizás, dejar de darle tanta importancia. Son cosas que pasan, y ya tengo apuntado el teléfono de la policía de Braga.

Resulta curioso. Justo esta mañana estaba pensando en escribir sobre algo que creo tiene una conexión lejana, subrepticia, pero poderosa. Iba a titularlo 'A matter of confidence' y a hablar de porqué gente guapa y con conversación no desprenden una energía tan fuerte y magnética como otra que aún teniendo peores atributos resultan mucho más atractivas por la sensación de confianza en ellos mismos que nos trasmiten -sea, como es en la mayoría de los casos, pura fachada.

Yo soy de las que me encuentro en el primer grupo, los que no terminan de creérselo. Y justo quería cambiar esa actitud en mí, esa sensación de incapacidad a la hora de ligarme a nadie que esté excesivamente bueno por la falta de autoestima que tengo. Y justo hoy estaba poniendo en práctica esa nueva actitud de 'me voy a comer el mundo con las manos'.

Pues qué bien, qué buenos resultados. Tendré que andar con ojo y encontrar el punto medio: ni de patito feo ni de objetivo de acosador. A ver cómo va la cosa. Ensayo, error; ensayo, error.