lunes, 16 de enero de 2012

III



Ya estoy de vuelta en la ciudad de la niebla.

Salí esta mañana temprano, el pelo todavía mojado, el frío besándome el rostro, las gotas aún inquietas en las ventanas.

Cuando volví al sur, recuerdo una escena nocturna, un paso de hojas doradas en la noche, que anunciaba un otoño tardío, un agónico y apocado invierno.

Esto es diferente.

Fue el otoño el prácticamente inexistente; y ahora, a la vuelta, el invierno se siente más que nunca.

Quizás fue que me quedé por último con el recuerdo del levante y un hueco en el pecho, con el peso de la teoría excesiva, com a saudade do calor alheio.

He tenido unos días de tránsito, en los que esta sensación me ha agarrado fuerte por el cuello, me aprieta impasible el corazón, hace de cada paso un esfuerzo fatigoso.

Pero eso se ha acabado. Es hora de mudar de piel.

Y dejar crecer una nueva: fuerte, límpida y sin miedo.
Que crezca pura y blanca con el sol pálido y gentil de un sueño, con el aire de lluvia del norte, creciendo lúcida desde dentro -pero siempre creciendo.

Voy a cambiar de tonalidad. Este es mi deseo.

Voy a ser luz cálida, esta mañana helada de invierno.